Yo: Mirá,
ella es una de las modelos chapinas que más me gustan. ¿Vos la conocés, verdad?
Mi amiga: Sí,
ella es linda. Aunque esas sus extensiones ya se ven viejas. Debería
retocarse el color del pelo otra vez. Y esos lentes de contacto verdes me
encantan, no me gustaban sus ojos oscuros. Y se arregló los dientes, notá,
todos blancos y rectos, así no eran. Y como que se hizo algo en los pómulos,
pero eso no me consta. Lo que sí me contó fue lo del botox, por eso la gran trompa que trae. Y esas chichotas y el culón son marca tica, allá fue la
inflada. Y si no me equivoco, la lipo fue en Miami. Quedó linda.
Hoy hubiera publicado en este espacio acerca del concierto de RockNRoll All Stars, cuya fecha era el 1 de mayo antes de cancelarse por razones más que misteriosas. En el post habría tocado el tema de que el milagro no es que estos señores estén vivos, más bien es que estas leyendas del rock sigan activos dentro de la industria musical.
Hubiera mencionado que en lo personal, mi ilusión era ver por primera vez a Duff McKagan, uno de mis ídolos de mayor pasión durante la adolescencia y de quien todavía me llega su música. Toca el bajo de una manera que a uno se le antoja, se ve fácil, parece de lo más divertido y me obliga a decir “dame un bajo y ahorita te toco la intro de It’s so easy”.
También hubiera escrito sobre Joe Elliot, de quien ya tuve la oportunidad de verlo cuando Def Leppard vino a Guatemala durante una casi transparente gira Slang. Y aunque la Plaza de Toros estuvo semivacía esa noche, Joe cantó como si se tratara del Wembley Stadium a reventar.
Y de Sebastian Bach, y de Gene Simmons, y de Mike Inez... y hasta de las Budweiser (patrocinador) que pensaba tomar.
En vez de tantos "hubiera", prefiero mencionar ese fatídico círculo vicioso guatemalteco de conciertos de rock, en donde las bandas internacionales no vienen a dar concierto porque les da miedo no vender entradas, y cuando deciden venir la gente no las compra por miedo a que cancelen el evento, y por falta de boletos entonces los conciertos se cancelan. Y así viene y va la bolita desde hace años, o desde siempre.
Por ahora, espero que me reembolsen lo de mi entrada, y me quedo sin disfrutar a los ídolos. Pero si todo sale bien, estaremos viendo a Jarabe de Palo en unos días, si es que no cancela por falta de... esto ya lo saben.
Julio sacó una moneda de veinticinco centavos y la tiramos. Cayó cara, significando que debíamos acompañar a esa señorita por unos minutos más. Probamos dos de tres con la moneda, y volvió a caer cara. ¿Podía ser más maldita esa noche?
A los pocos minutos ella se animó a caminar algunos pasos hasta llegar a un teléfono público. Yo carecía de monedas, así que usamos la de Julio, la de la suerte, para realizar la llamada. Ella marcó un número y nuevamente comenzó la murmurada. Le arrebaté el auricular y pregunté quién hablaba. “Soy Javier”, dijo una voz preocupada. Me presenté y le narré algo como que encontramos a una chava de pelo liso con mechón azul, playera de Testament, demasiado peda para hablar y le pedí llegara a recogerla.
Esperamos diez minutos para que se apareciera un Datsun rojo, descuidado, con música a todo volumen. Se bajó un tipo delgado, con el pelo rapado, traje de cuero y mostrando algunos tatuajes en los brazos. Vio a la chica, se le acercó y le dirigió una manada en el rostro, digna de un boxeador profesional. Creo que sonó "poch". El golpe aterrizó en su frente, dejándola en el suelo y más atarantada. Con Julio de inmediato levantamos los brazos en muestra de paz, pero en verdad temimos por nuestra vida.
El encuerado tomó a su presa del pelo y la arrojó al asiento del copiloto en el Datsun. Luego volteó su mirada demente hacia nosotros. Comenzamos a explicarle que no la conocíamos, que la encontramos en la camioneta, bla bla bla… él se limitó a examinarnos con sus ojos irritados. “A ustedes los he visto en los Attacks, y tu apellido el Lepe, sí pues, yo estudié con un Lepe, era un imbécil… saben qué, mejor préstenme 20 pesos para la gasolina, así me llevo a esta pisada”, nos dijo. Yo le di los últimos siete quetzales de mis bolsillos, Julio se declaró en quiebra muy valientemente.
Y mientras el carrito colorado desaparecía de nuestras vistas, la aventura de ese sábado por la noche terminaba. Me pregunté en voz alta si alguna vez la volveríamos a ver, a lo que mi amigo respondió “espero que sí, me debe veinticinco len”.
Tres semanas después, en otro Trash Attack organizado en una bodega abandonada, la volvimos a ver. Decidimos no acercarnos por miedo a que nos acusara de haberla emborrachado, drogado y golpeado aquella noche. A diez metros de distancia la observamos hablar con sus amigas, sonreir, gritar cuando sonaba alguna de Metallica, tomar cerveza, fumar cigarros de extraña procedencia y tomar unas misteriosas cápsulas anaranjadas.
Si el aliento no era suficiente para llamar la atención de algunos pasajeros de la camioneta, esta sorprendente chica los escandalizó a todos con sus violentos sonidos al arrojar un vómito colorado por la ventana, y dejar escapar un poco en el interior del bus. El vómito no era tan rojo como para ser sangre, ni tan anaranjado para estar ocasionado por una Orange Crush.
“Está drogada, tírenla por la puerta”, gritaba una señora, mientras abrazaba a un niño y le tapaba los ojos y la nariz. “No está drogada, está endemoniada, tiene al chamuco adentro”, decía un señor con playera del Bayer Munich y gorra de los Rojos del Municipal. Muchos alegaban, pocos miraban el espectáculo, algunos se notaban asqueados, nadie ayudaba.
A dos cuadras de nuestra parada de bus, el piloto notó el relajo y detuvo el vehículo. Caminó hasta la parte de atrás junto con su ayudante y me encontró sosteniéndole la cabeza a esta joven mujer. Nos ordenó que bajáramos a “nuestra amiga” por la puerta trasera ofreciéndonos su asistencia. Julio intentó explicarle que no la conocíamos, que era la primera vez que le hablábamos, pero su explicación no rindió fruto. Tomamos las piernas, el piloto y el ayudante los brazos. Nosotros levantamos, ellos no, así que la cabeza de esta roquera rebotó como balón de básquetbol en el asiento, las gradas, la calle y la orilla de la acera.
El bus se alejó dejándonos a la muchacha tirada en el suelo en medio de una nube de humo, una escena digna de un gran filme de aventura… o de terror.
La ayudamos a levantarse y la colocamos al lado de un poste de ALTO para que se recostara. Comenzó a murmurar una palabra, parecía “joder”, o “ayer”. Reaccioné que estábamos sobre la Calzada San Juán, a casi la media noche, con una chava que no sabíamos su nombre, dónde vivía o qué diablos se había tragado.
Le veía su rostro, vivo pero perdido. ¿Quién era ella? ¿Por qué iba sola en el bus?
“Mi huevo, yo no la puedo llevar a mi casa y me da pena dejarla acá, llevátela vos”, me dijo Julio. Así era mi amigo, a veces se le escapaba un apellido de a huevo. Ignoré su idea y se me ocurrió otra. Le propuse muy animado “vá, cara o escudo, si cae cara nos quedamos, si queda en escudo la dejamos, ya no me importa”. Julio asintió con un leve movimiento de cabeza.
A principios de los noventa, con mi amigo Julio éramos dos adolescentes aburridos de la vida y de nosotros mismos, como muchos imagino. Nos desahogábamos en la música, sobre todo en el rock. A veces parecíamos una especie chapina de Beavis & Butthead, pero un poco menos estúpidos, eso espero.
Una noche salimos cansados de un Trash Attack (así se llamaban los conciertos con bandas nacionales de rock Metal y Trash). Se celebró en un salón de la Avenida Bolívar, el cual los domingos se llena de trabajadores que solo descansan ese día, y lo deciden pasar bailando marimba.
Nos subimos a una de las últimas camionetas de la noche. Julio me señaló a una chica sentada en el último asiento. Él tenía una facilidad para hablarle a mujeres de toda edad y nunca supe qué tanto les decía. “Mirala, ella estaba en el concierto y creo que vive en nuestra colonia. Yo le hablé una vez, pero no recuerdo su nombre. Vamos a acompañarla”, me dijo. Su pelo era liso y le llegaba hasta el cuello, y un mechón azul le tapaba la mitad del rostro. Vestía una playera gris de Testament y un pantalón de lona roto de las rodillas. Su cara era bonita, con todo y el mal maquillaje. La noche había sido amarga, así que la idea de hablarle a una chava bonita y roquera hubiera podido salvar la velada.
Nos llamó la atención que aunque el bus iba casi lleno, alrededor de ella estaba vacío. Nos acercamos y la saludamos. Ella nos volteó a ver con sus ojos rojos y semi cerrados, y nos saludó con un “hola”.
De su boca salió una pestilencia que ninguna rinitis hubiera detenido. Era un aliento repugnante. Recuerdo, era una mezcla de ron, tabaco, mariguana, vómito y papalinas. Ah sí, y sangre. Julio comenzó a toser con intensidad. Le advertí que si vomitaba, yo también lo haría, y pedí que se aguantara o se alejara. Y así, entendí por qué ningún pasajero se le había acercado.
Después de su cálido saludo, se limitó a balbucear palabras. Julio decidió alejarse. Yo me tapé la nariz con mi camisa y traté de averiguar si se sentía bien, aunque sus ojos brillosos y rojizos ya me daban una pista de la respuesta.
“Acompañémosla hasta la colonia y tratemos de llevarla hasta su casa, si es que se acuerda donde vive”, gritó mi amigo desde lejos. Levanté mi pulgar en señal de aprobación y cuando volteé la mirada la chava, noté que lloraba. Saqué una servilleta sucia de mi bolsillo y le limpié un poco las lágrimas. Pensaba que ella debía sentirse fatal. Luego sacó la cabeza por la ventana y comenzó a vomitar.
Aunque tengo algunas experiencias veraniegas que atesoro, no soy fanático de las vacaciones de verano guatemaltecas, o sea, el descanso de Semana Santa. Hace dos años escribí sobre eso.
Desde pequeño he vivido momentos desastrosos en esta época, desde vivencias rodeadas de Procesiones hasta semi-tragedias en la carretera camino al Puerto San José.
Así que regresé a visitar antiguos traumas cuando me solicitaron que escribiera para la revista dominical Magacín, acerca de algunas alternativas contra los veranos del mundo creado por fabricantes de cervezas y de celulares. Hay mucho qué hacer durante esos cuatro días y medio, y lejos de las piscinas estilos sopa de frijol.
Para este artículo escribí una especie de Top Ten sobre lo que en realidad sucede durante un viaje de verano durante Semana Santa, pero por razones de espacio (o que no le gustó al diario, jaja), no se publicó. Por eso aprovecho a compartírselos aquí:
Top Ten de la cruda realidad durante estas travesías acaloradas:
1. El carro se arruina a media carretera y la razón más probable es que alienígenas entraron al garaje una noche antes y robaron partes secretas del motor. 2. Los niños se marean y vomitan sobre lo que encuentran primero. 3. A la abuelita o la tía invitada se le sube la presión. 4. El perro se orina en las maletas y los sándwiches. 5. Un camino que normalmente tarda 30 minutos en atravesar, en esta época dura 3 horas debido al tráfico.http://www.blogger.com/img/blank.gif 6. Todos los balnearios y playas están a reventar, además los precios incrementan el doble y el volumen de la música ambiental es tan fuerte que se distorsiona. 7. Por el exceso de bebida y comida, el sistema digestivo colapsa. 8. Debido a las carreras, de todos los accesorios se olvidan el protector solar y el repelente de mosquitos. 9. Al final del día las barras libres, los biquini open y los tamaños de los ceviches, se quedan cortos a comparación del brochure. 10. Termina el verano y se llega hasta las fechas navideñas con la deuda en la tarjeta de crédito.
Una de esas noches solitarias del 2008, salí del cine y decidí comprarme un café para evitar dormirme sobre el timón camino a casa. Lo pedí en &Café. Me atendió una de esas chicas de ese establecimiento, amable, sonriente, seca y escurrida estilo tabla de surf, y sí, con chapulines. Me preguntó mi nombre y qué andaba haciendo por ahí. Esta gente tan preocupada por la charla ligera y que el cliente no se aburra, pensé. Me entregó mi vaso con una servilleta y sonrió.
Antes de arrancar el carro le di un sorbo y noté mi nombre escrito en la servilleta, con marcador pastel. No era todo, a mi nombre “DAVID” le seguía un corazón, muy bien dibujado y color rosa. ¿Qué jodidos había sucedido? Esa delgada señorita con gorra y delantal de &Café me había dibujado un corazón en mi servilleta.
Pasé todo el camino a casa pensando en la servilleta y tratando de recordar cada instante de ese encuentro. Analicé si me había lanzado un mensaje, si era mi turno para dar el siguiente movimiento, si le tenía que hablar otra vez, mencionarle lo del corazón en la servilleta o hacerme el sin importancia, si la tenía que invitar a salir o pedirle antes su número de teléfono (en ese tiempo el Facebook no era tan popular).
Antes de dormirme meditaba si había sido mi estilo de vestir el que había llamado la atención, o mi tono de voz, o mi breve comentario que me habría gustado un acompañante en el cine. Qué me habría visto de atractivo si en esos días yo era un desastre, o tal vez le atraía lo oscuro y mísero, hay chavas así, conozco más de un par. Podría contarle acerca de mis antidepresivos naturales para verme como un tipo complejo e interesante. No todo eran dudas, también imaginé que podría obtener café gratis.
Al siguiente día mientras manejaba al trabajo imaginé lo peor, que todo era una burla orquestada por el demonio mismo, que segundos después de entregarme el café ella carcajeaba con sus amigos de la gorra y delantal oscuros. “Pobre imbécil, creyó haberse conectado a una barista”, dirían los patojos. Acepto sería una genial broma.
Decidí esperar al fin de semana por los consejos de un gran amigo. Es fan de Bunbury, así que esperaba sabiduría de su ser. Pedimos un café, ¿en dónde más? En el &Café, pero de otro mall. Segundos antes de narrarle mi aventura, noté sobre su vaso una servilleta con su nombre y unas estrellas color gris brillante a su alrededor. Vio mi cara de asombro, como si estuviera viendo a un fantasma. “Así les sirven a todos acá, como para alegrarles su amarga vida”, me dijo, mientras yo recibía mi latté junto a una servilleta con mi nombre y una carita feliz.
Paul es un canadiense y fan hardcore de Pearl Jam, y decidió en enero de 2012 grabar su propio programa temático acerca de está mítica banda y subirlo a Youtube. Su proyecto se llama The PJ Show y consiste en Paul hablando acerca de temas como canciones favoritas, las menos favoritas o repasar discos al estilo track by track.
También comparte sus pertenencias especiales de la banda como discos vinilo y paquetes de edición especial, y vaya que tiene un chingo de cosas. Apuesto ha gastado unos sus coquetos miles de dólares, porque así como son productos de primera calidad, el precio no es excepción. Y “ojo”, un fan de Pearl Jam comparte, no presume, o al menos esa es la idea. Aunque confieso a veces se siente rico presumir artículos peculiares de PJ.
Siempre he pensado que para ser fan de PJ debes tener el sentido geek encendido, ser suficientemente detallista para que te importa tanta canción que han grabado, y seguirte ilusionando por encontrar videos perdidos de ellos en Youtube o entrevistas raras en la red.
Durante sus veinte años de existencica, Pearl Jam se ha interesado por presentar una parafernalia de lujo con posters y diferentes setlists para sus conciertos, versiones raras de canciones, playeras con diseños exclusivos, dvds, escudos, portadas y fotografías. Las misión del PJ Show es, como dice su mismo creador, “spreading the love for Pearl Jam, high amongst the waves”.
Durante sus primeros shows, Paul contaba con un sidekick bastante molesto. Poco a poco lo ha ido eliminando y ahora ya son 6 episodios que ha subido semanalmente, algunos divididos en partes. Cada vez el patojón canadiense habla mejor hacia la cámara y se entiende con más facilidad.
Y les dejo uno que me ha gustado mucho, la demostración del paquete especial del disco Live on ten legs. No creo que en mi vida hubiera visto todo lo que saca de esa caja.
André Gribble es un dibujante guatemalteco que se merece la atención del mundo. Su propuesta es chingona, misteriosa y tan irreal que conquista en segundos. Su especialidad son los monstruos y criaturas que se asemejan a fenómenos disfrazados de superhéroes o especimenes de una lucha libre freaky style.
Cada dibujo suyo es una aventura, un cuento, una historia. Es fácil preguntarse “¿De dónde viene este monstruo?”, o “¿Por qué le salió un tercer ojo a este enmascarado?”, cosas así.
Además es una gran persona para charlar, y aunque es famoso por ser callado, es un gran platicador si te lo sacas de la muchedumbre que sólo habla pajas y más pajas.
Escribir en la revista cultural Magacín acerca de él como artista, persona y fan del rocanrol, ha sido un placer.
Si puedo decirte, amigo André, te deseo lo mejor y que tu Planeta Gribble conquiste a la Tierra, que tan divertida será al tener tus obras caminando en la calle junto a nosotros los terrícolas. Bueno, si antes no se devoran nuestras cabezas, claro.
Y para concer su obra en redes sociales: Blog: http://andregribble.blogspot.com Tumblr: http://gribblescribble.tumblr.com Flickr: http://www.flickr.com/photos/elandroide/
Grita "What the hell is that?", junto a Steve Martin en Saturday Night Live de 1979. Por inventarse la letra del tema de Star Wars también en SNL. Da el gran discurso motivacional It Just Doesn't Matter a un grupo de adolescentes. Como caddy se inventa la narración del partido de golf del imaginario jugador El Hombre Cenicienta. Sigue cazando fantasmas aunque permanezca embarrado de moco después de chocar con Slimy. Es uno de los sádicos más entusiastas cuando le pide a un dentista que le destroce las encías. No se le raja en golpes al fantasma de la navidad presente. No deja atrás a su mejor amigo y recupera a su novia mientras realiza uno de los mayores robos en Manhattan y huye de la policía. Nunca toca manecillas de puertas con sus manos, siempre utiliza un pañuelo que hubiese podido decir con letras bordadas "Bob". No se rinde con el anciano indigente que se muere una y otra vez cuando sus días se le repiten. Despierta nuestro odio jugando boliche y jodiéndole la vida a Woody Harrelson y Randy Quaid. Le ayuda a Jordan a ganarle en básquetbol a unos alienígenos tramposos. Llega con sombreros raros, trajes estrafalarios, piernas fracturadas y muchás más de tonterías a Letterman.
No le teme a tirarse en bomba a la piscina luego de tomarse un whisky y fumarse un cigarro. Es el único personaje interesante en la película de las tres muñecas odiosas peleoneras. Lleva corriendo en camilla a Owen Wilson para que no se desangre después de haberse cortado las venas. Por el secreto que le dice a Scarlett Johansson en las calles de Tokio. Cuando no ganó el Oscar en 2004 y soportó con orgullo la broma de Billy Crystal "Bill, no te vayas, no te enojes". Dos miembros de Wu Tang Clan le cantan "who you’re gonna call?", mientras él fuma y toma café. Pierde a su mejor amigo y a su hijo en el océano. Al primero lo venga, al segundo lo llora. Le recuerda a Sharon Stone, con actos, por qué ella se había enamorado de él. Finge ser zombi para que Woody Harrelson no le vuele la cabeza de un escopetazo. Por su estelar agradecimiento en los Scream Awards de 2011. Monta un gigantesco espectáculo utilizando la culpa de un anciano Robert Duvall. Y por salir sin camisa, con una botella de vino en una mano y en la otra un hacha, y decir "ya regreso", en el trailer de Moonrise Kingdom, lo nuevo de Wes Anderson. Por eso y mucho más… larga vida a Bill.